El tiempo contenido en el instante en que la luz de la estrella destella para un hombre viene a ser del mismo material que lo perfilado por Joubert: «El tiempo también se halla, ya de antemano, en la eternidad; mas no es el tiempo terrenal, mundano ... Porque ese otro tiempo no destruye, tan sólo consuma».
Joseph Joubert, Pensées, París, 1883, p. 162. Cit. en Obras I, 2, p. 240
La leyenda según la cual desde los sótanos de las catacumbas de París las estrellas se podían ver de día surgió de un viejo pozo, el cual, arriba, se cerró por medio de una piedra en la que habían hecho un agujero de unas seis pulgadas. A su través brilla el día, en la tiniebla, como una estrella pálida.
J. F. Benzenberg. Briefe geschrieben auf einer Reise nach Paris, Dortmund, 1805, I, pp. 207-208. Cit. en Obra de los pasajes, C 3 a, 2
«¡Pobres estrellas! su esplendor es tan sólo sacrificio». [A. Blanqui. L’éternité par les astres, París, 1872, pp. 69-70]. Comparar con Goethe: «Os compadezco, estrellas infelices».
Principal referencia sobre las estrellas en Baudelaire: «¡Cómo me gustarías, ¡oh, noche!, sin estrellas, / cuya luz siempre habla lenguaje conocido! / ¡Pues busco lo vacío, lo desnudo, lo negro!»
En Blanqui el espacio cósmico se convierte en abismo. Por su parte, el abismo de Baudelaire carece de estrellas. No puede definirse pues como espacio cósmico. Pero aún todavía menos como el exótico de la teología. Se trata de uno secularizado: y uno que es el abismo del saber y el abismo de los significados.
Las estrellas serán en Baudelaire el jeroglífico de la mercancía, lo otra vez-siempre-igual en grandes masas.