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Chimeneas y deshollinadores

Cuando en 1980 el taxista que me llevaba al aeropuerto de Zürich atropelló a un deshollinador distraído, yo no podía imaginar que esa figura derribada, cubierta de hollín y tocada de chistera me acompañaría años y años, representando el papel, a veces festivo y otras inquietante, de promemoria o agenda de recuerdos.

Desde la altura, este deshollinador, armado de escoba de palo alto y de rascadores, se encontrará en un lugar privilegiado para fisgonear a gusto a los que desde abajo les escrutan. Ya se sabe que el deshollinador, además de introducirse por la chimenea y limpiarla de hollín, es como el pintor un formidable fisgón, es uno que fisgonea con interés, que mira lo que hay en su sitio y que no se pierde una.

En Alemania y en Suiza las novias aún no mancilladas se arriman el día de la boda a los deshollinadores para que manchen seriamente sus tules antes de que el marido las vapulee, porque de ese restregón depende su felicidad.

Eduardo Arroyo