soledad

Parece que, por momentos, Baudelaire hubiera ya captado ciertos rasgos de esta inhumanidad aún por venir. En Cohetes se lee: «El mundo va a acabarse ... Pido simplemente a todo hombre que piense que muestre qué subsiste de la vida ... No es en especial por las instituciones políticas como se vendrá a manifestar por cierto la ruina universal ..., sino por la vileza a que llegarán los corazones. ¿Es preciso que diga que lo poco que quedará de lo político se debatirá entre la opresión de una animalidad ya general, y que los gobernantes se van a ver forzados, para mantenerse y proyectar un fantasma de orden, a recurrir a medios que harían estremecer nuestra humanidad de hoy, sin embargo ya tan endurecida? ... Esos tiempos están quizá muy próximos; ¿quién sabe si no han llegado ya, y si el pesado espesamiento de la que es nuestra naturaleza no es el único obstáculo que impide que apreciemos ese medio en el cual respiramos?».
Hoy no estamos ya mal situados para convenir en la justeza que muestran estas frases, y es muy posible incluso el que aún se hagan más siniestras. Quizá la condición de la clarividencia de que nos dan prueba esas palabras era menos un don de observador que aquella destreza que ha de poseer el solitario en el seno de las multitudes. ¿Es audaz en exceso pretender que son aquellas mismas multitudes las que ahora van siendo modeladas por las manos de los dictadores?

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Tanto el lector como el pensador, el esperanzado y el flâneur, son todos tipos del iluminado, como lo son el que consume opio, y el soñador, y el embriagado. Y ellos son, además, los más profanos. Por no hablar de la más terrible de las drogas –la más terrible, a saber, nosotros mismos–, que consumimos en nuestra soledad.

El surrealismo

Obras II, 1, p. 314

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El narrador siempre extrae de la experiencia aquello que narra; de su propia experiencia o bien de aquella que le han contado. Y a su vez lo convierte en experiencia de quienes escuchan sus historias. El novelista en cambio se halla aislado. El lugar de nacimiento de la novela es el individuo en soledad.

El narrador

Obras II, 2, p. 45

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Por la misma época [hacia 1840, Victor Hugo] se va dando cuenta de que si el hombre es sin duda el animal solitario, el solitario auténtico es el hombre de la multitud.

Obra de los pasajes

Gabriel Bounoure. «Abîmes de Victor Hugo», Mesures, 15 de julio de 1936. Cit. en Obra de los pasajes, J 22 a, 3

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Temprana descripción [...] de la multitud en Poe: «Otros, de un tipo más numeroso todavía, se mostraban inquietos en sus movimientos y, con rostros sanguíneos y encendidos, hablaban solos y gesticulaban, como si sintieran estar solos por el hecho mismo de la innumerable multitud que los rodeaba».

Obra de los pasajes

Poe. Nouvelles histoires extraordinaires, traducción de Baudelaire, París, 1886, p. 89. Cit en Obra de los pasajes, M 15 a, 2

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La masa, en Baudelaire, aparece como velo ante el flâneur: es la droga más reciente de las que dispone el solitario. Borra, además, toda huella de lo individual: es el asilo más reciente de que puede disponer el marginado. Es también, finalmente, en el laberinto ciudadano, el más reciente e inescrutable laberinto. Y con ella se imprimen, en la imagen como tal de la ciudad, arquitectónicos caracteres que eran desconocidos hasta entonces.

Obra de los pasajes

Obra de los pasajes, M 16, 3

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