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Godard/Histoire(s)/Cine

Ana Useros | Natalia Ruiz 
Fotograma del documental Godard. Seul le cinéma (2022), de Cyril Leuthy

Para que una película llegue a verse hay que hacer muchas cosas, trabajos que tienen mucho menos prestigio que la crítica, pero que a veces hacen germinar en quienes los ejercen un conocimiento de las obras más cercano y reposado. Este recuerdo dialogado de Jean-Luc Godard, que entendió como nadie el aspecto humilde y material de hacer cine, es también un homenaje a esos oficios invisibles, a través de un mano a mano entre Natalia Ruiz y Ana Useros, que dedicaron parte de su tiempo a acompañar discretamente en su aventura al cine de Godard.

«On ne peut parler des gens qu’à 
partir de ce qu’on a partagé avec eux»
Jean-Luc Godard
Ana Useros

Allá por el año 1999, la Filmoteca Española organizó una retrospectiva completa y cronológica de la obra de Jean-Luc Godard hasta ese momento. Fue, justo es reconocerlo, un esfuerzo ingente y logrado del escaso equipo de programación del lugar, que entonces eran solo dos personas: Catherine Gautier y Efraín Sarria. ¿Fue lo que hoy se diría un acontecimiento? Diría que sí y a la vez que no. Durante seis meses fue para mí una peregrinación casi diaria, un ritual por el que las películas se iban incrustando en mi vida para siempre. Ese ciclo fue también mi iniciación, con Jos Oliver, en un oficio que de tan humilde no tiene nombre y que sería mi ocupación principal en los años siguientes: me dedicaba a leer todo lo posible sobre cada película, escogía lo que consideraba más interesante y lo colocaba todo apretadito en una hoja de sala que se entregaba al público antes de cada sesión. Recuerdo volver a casa, cruzando un Lavapiés destripado por las obras de rehabilitación con financiación europea, y desconsolarme al ver las hojas, que tanto me había costado hacer, deshaciéndose en los charcos; pero recuerdo también el orgullo cuando me contaban que había quien las guardaba. Junto a Godard, al servicio de sus películas, aprendí yo prácticamente de cero casi todos los gestos y destrezas que me definen hoy como trabajadora del texto: documentar, seleccionar, editar, extractar, traducir, redactar, maquetar, corregir… Y, en aquellas sesiones del cine Doré, mediante la repetición de ese momento tan íntimo que es caminar junto a alguien con quien acabas de ver una película, tú y yo nos hicimos amigas. Fue, diría el cliché, «el inicio de una hermosa amistad», y digo esto porque acabo de caer en que el final de Casablanca, en realidad, son dos amigos que salen del cine.

Natalia Ruiz

Por aquel entonces yo venía de otro ámbito, aunque, tanto por ambiente familiar como por las amistades, siempre había tenido interés por el cine y llevaba unos años tratando de ver más cosas. Cuando se hizo el ciclo estaba en el último curso de Historia del arte, y los estudios me impidieron ir a todas las sesiones. En parte, Godard y el cine en general llegaron por mi convencimiento de que estudiar Historia del arte no era aprobar exámenes ni estudiar solo historia de la pintura, sino que había que comprenderlo en el sentido más amplio posible. Antes del ciclo había visto dos o tres películas de Godard. Recuerdo que me había comprado Al final de la escapada y Pierrot el loco, y en ambos casos sucedió lo mismo: las vi y al día siguiente tuve que volver a verlas porque me había quedado impactada. A raíz de eso leí algún texto sobre Godard y, de forma natural, me generó mucha curiosidad que trabajara con referencias culturales (pintura, música clásica) que entonces estaban más cerca de lo que podemos llamar mis circunstancias.

 

Ana Useros

En mi caso no era la primera vez, ni mucho menos, que «seguía» la retrospectiva de un cineasta, pero el hecho de tener que documentar el ciclo simultáneamente le añadió intensidad: el choque de las películas con las declaraciones y las entrevistas de Godard, con ese pensamiento fulgurante que te volaba la cabeza. Como cuando contesta bruscamente a la pregunta de por qué hay tanta sangre en Pierrot el loco: «¡No es sangre, es rojo!». Y de golpe la imagen cinematográfica adquiere su materialidad, ya no es un reflejo imperfecto de la realidad, es un trozo de materia con el que construir.

Fotograma de Histoire(s) du cinéma (1988)
Natalia Ruiz

En el ciclo se proyectaron por primera vez en España las Histoire(s) du cinéma, en una sola sesión de más de cuatro horas en la que se pusieron todos los capítulos seguidos. No sé muy bien qué llegué a entender, pero mi grado de fascinación fue absoluto. Y se convirtieron primero en el tema de mi trabajo de máster y después me metí en la aventura de hacer la tesis sobre ellas. Había una serie de complicaciones: la principal es que no estaban traducidas; luego, la cantidad de referencias que incluían y también que, al ser muy recientes, a la vez que investigaba aparecían artículos y libros nuevos y me exigía estar muy al corriente. Aunque me movía en un mundo universitario, no tenía muchos interlocutores para poder hablar de todos los aspectos que tocan las Histoire(s) y realmente fue muy importante poder dialogar contigo.

Pocos meses después de terminar la tesis, la editorial Intermedio decidió sacar las Histoire(s) en DVD y me contactaron. Yo no tenía experiencia como traductora, pero se daba por hecho que sabía de las Histoire(s); no me pidieron preparar los subtítulos, solo traducir. Luego traduciría más trabajos de Godard, al hilo de las ediciones en DVD, y de ahí acabaría traduciendo diferentes textos sobre cine.

Ana Useros

Hace muchos años, en una cena memorable en la que también descubrí la ensalada wakame, mi amiga Fefa Vila me miró muy seria y me dijo: «Eso que tú haces con el cine también es un trabajo de cuidados: hacer que se puedan ver las películas, subtitularlas, contextualizarlas, presentarlas… Son cuidados. Y, como todo trabajo de cuidados, es un trabajo mal valorado, invisible y feminizado». Subtitulé algunas películas de Godard, en las ediciones en DVD de Intermedio, como tú, y para los estrenos en salas que hacía Maridí Peciña en Pirámide Films (otra mujer haciendo un trabajo de cuidados, porque llevar a Godard a las salas de cine en los inicios del siglo XXI nunca fue ni pretendió ser un negocio lucrativo). Una de ellas fue Forever Mozart (1994), que contenía otra de esas frases, una de mis favoritas. Decía: «De notre temps, les enfants appartenaient aux parents. Oui, mais quand ils son grands, ils appartiennent aux grands-parents» [En nuestra época, los niños eran de sus padres. Sí, pero cuando son grandes, son de sus abuelos]. Forever Mozart, entre otras cosas, es la historia de unos niños y niñas grandes que se van al Sarajevo en guerra para representar a Marivaux, leales a su abuelo Albert Camus y a las brigadas internacionales. Imposible no pensar en todas las nietas de nuestra edad que conocíamos ya entonces: reivindicando la memoria de sus abuelas, buscando abrir las fosas comunes del franquismo, cuestionando las componendas de la generación intermedia. Aquella frase fue para mí la revelación de que Godard, ese señor que parecía patrimonio de los señores de la cinefilia y de la crítica, en realidad hacía las películas para nosotras, para los niños y las niñas grandes de ese momento, de cada momento. Que no era un clásico inclasificable, era un contemporáneo. Y que, ¡oh, herejía!, no hacía falta haber visto la obra anterior para entenderlo. Que la película que mejor se entiende es la última y quienes mejor la entienden son quienes se acercan a su cine por primera vez.

Natalia Ruiz

Ahora que ya no está, y que los tiempos han hecho ver que una forma de entender el cine está en extinción, hay un aspecto de las Histoire(s), el aspecto benjaminiano, por decirlo de algún modo, que me resulta más patente. No tanto el montaje de citas –que también, aunque es diferente—, sino el concepto de la imagen dialéctica. La idea de que la imagen rescata un momento del pasado en el instante de un peligro. Ahora que los adolescentes y los veinteañeros en su inmensa mayoría casi no conocen la historia del cine, pienso en ciertas series de las Histoire(s) y en su fuerza de evocación. Pienso también que hace unos años no era algo tan claro, podías discutir por qué había elegido rememorar esto o aquello, por supuesto partiendo del respeto a Godard como creador, como alguien que hace un trabajo poético, y decide, pues, lo que muestra y lo que no. Pero ahora se manifiesta mucho más esa fuerza, ese deseo de Godard de hacer recordar lo que un día fue el cine, con sus luces y sus sombras. Claro que hay otros trabajos con los que uno se puede informar, historias del cine por escrito o audiovisuales, pero no suelen tener esa potencia. 

Fotograma de Histoire(s) du cinéma (1988)
Ana Useros

Igual ya va siendo hora de que hablemos de las Histoire(s) con cierta libertad, puesto que es nuestra contemporánea. Un descubrimiento que hicimos entonces fue que a Godard se le ama o se le odia, pero no admite la indiferencia. Las primeras películas llenaban y provocaban innumerables elogios. La época militante atraía a menos gente, pero el público sabía a lo que iba. En los largometrajes posteriores, los espectadores no se limitaban a abandonar la sala, necesitaban expresar en alto, con bufidos, gritos o portazos, su hartazgo o su incomprensión. Pero las Histoire(s) volvieron a llenar la sala, en parte por su carácter de acontecimiento, y suscitaron elogios desmedidos por parte de esos señores que renegaban de la época Mao (que a mí me flipó): eran la culminación de su obra, su magnus opus, summa artis. Las entendieron como parte de su patrimonio, como reivindicación de las películas de su vida, subrayando el componente elegíaco, nostálgico, monumental. Pero Godard hizo las Histoire(s) para los nietos, es decir, para nosotras. Eran nuestras porque nosotras veíamos y vemos en ellas la potencia y el futuro, no la impotencia y el pasado. Veíamos una explosión de posibilidades, cómo el collage reemplazaba al canon, la fragmentación al enciclopedismo. Nosotras estábamos en el punto justo: habíamos heredado cierta idea del cine, pero vivíamos plenamente en un mundo en el que esa idea se estaba transformando radicalmente. En 1999, todavía pertenecíamos a nuestros abuelos. Hoy te diría, con perdón, que ya somos casi abuelas y que tenemos que empezar a compartir lo nuestro.

Natalia Ruiz

No sé si cierta fortuna crítica de Godard ha jugado en su contra. La comprensión, o el intento de comprensión hiperintelectualizado…, y por el otro lado los detractores a modo de negacionistas totales. Si pienso en gente joven, no solo los veo cercanos a las películas de los sesenta, sino a muchas cosas de los ensayos. Ahora para alguien de una escuela de cine, de una facultad de comunicación, es bastante más fácil rodar por su cuenta. Creo que sus películas-ensayos deberían verse más, no solo como forma de rendir culto al gran artista, sino como inspiración, como impulso para hacer cosas propias y diferentes.

CICLO DE CINE JEAN-LUC GODARD, LA MEDIDA DEL AMOR ES AMAR SIN MEDIDA
30.09.22>21.10.22

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