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Por qué Meloni

Steven Forti
Los fundadores de Hermanos de Italia, Guido Crosetto (izq.), Giorgia Meloni e Ignazio La Russa (dcha.), en diciembre de 2012, cuando presentaron el partido, CC BY 4.0

A propósito de la victoria de Giorgia Meloni, Steven Forti, autor, entre otros libros, de Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla (Siglo XXI, 2021), analiza los porqués del trepidante ascenso del partido ultra Hermanos de Italia en las últimas elecciones, cuando se hizo con el 26% de los votos frente al 2% que había conseguido en 2013. Forti fue uno de los participantes de Los miércoles de El Gran Continent y el Círculo de Bellas Artes, una iniciativa del CBA con la revista europea de geopolítica El Gran Continent, recién aterrizada en España.

En 2002 se publicaba un libro titulado Por qué Le PenFerran Gallego, Por qué Le Pen, Barcelona, El Viejo Topo, 2002.. Su autor, el historiador Ferran Gallego, intentaba responder a la pregunta que rondaba en la cabeza de muchos por aquel entonces: ¿cómo es posible que el líder del Frente Nacional, Jean-Marie Le Pen, haya podido pasar a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas? O, mejor dicho, ¿cómo es posible que alrededor de cinco millones de personas hayan considerado a un líder ultraderechista, xenófobo y antisemita como una opción válida para ocupar el sillón presidencial de un país europeo? De fondo, la pregunta era también otra, y atañía a todo el mundo, dentro y fuera de las fronteras del Hexágono: ¿cómo podemos explicarnos que en la tierra de la Revolución de 1789 y de la Résistance, que en el corazón de esa misma Europa que afirmaba haber superado definitivamente las páginas más oscuras del siglo XX, que en el medio de ese Occidente que parecía encaminado hacia un futuro de progreso y democracia, las ideas autoritarias, racistas y excluyentes pudiesen volver a tener credibilidad para un porcentaje tan elevado de la población? 

Han pasado ya dos décadas de aquellos acontecimientos. Y esas preguntas han cobrado aún mayor actualidad en un mundo que nos resulta cada día más difícil comprender. Como se sabe, la extrema derecha ha avanzado en todo el globo en estos últimos años y, por primera vez, ha llegado al gobierno en diferentes países. En Hungría en 2010, en Polonia en 2015, en Estados Unidos en 2016, en Brasil en 2018, en Italia en 2022. Si le sumamos los casos en que la extrema derecha ha sido (o es) un partner de la coalición de gobierno o bien ha influido (o influye) en las políticas gubernamentales apoyando los ejecutivos desde fuera, deberíamos sumar, como mínimo, otra media docena de países, como Austria, Bélgica, Suecia, Dinamarca, Noruega y República Checa. Con este listado, en realidad, nos quedamos cortos. Sería más fácil enumerar aquellos en que hasta la fecha la extrema derecha no ha tenido responsabilidades institucionales. Efectivamente, como apuntó el politólogo Cas Mudde, con el nuevo milenio la ultraderecha se ha convertido en una «normalidad patológica» y se ha desmarginalizado, se ha asentado y ha radicalizado las posturas de los sistemas políticos democráticosCas Mudde, La ultraderecha hoy, Barcelona, Paidós, 2021, p. 145.

Por qué avanza la extrema derecha

Sobre esta cuestión se han vertido ríos de tinta. Resumiendo, se han detectado tres grandes causas que explicarían el avance de estas formaciones políticas en todo el mundo occidental. En primer lugar, el aumento de las desigualdades, así como la precarización del trabajo, el debilitamiento del Estado del bienestar y el achicamiento de la clase media habrían empujado a una parte del electorado, insatisfecho por las recetas económicas neoliberales, a escoger la papeleta de formaciones políticas que critican el orden existente. Aquí entraría también el giro hacia el centro en cuanto a políticas económicas de los partidos tradicionales, empezando por la socialdemocracia y continuando con los liberales y los democristianos, cuyas posiciones han sido a menudo similares o difícilmente diferenciables. Esta causa sería la que podríamos resumir bajo la fórmula del forgotten man o la de los olvidados de la izquierdaA este respecto, véase Marco Revelli, Populismo 2.0, Turín, Einaudi, 2017, y Roger Eatwell y Matthew Goodwin, Nacionalpopulismo. Por qué está triunfando y de qué forma es un reto para la democracia, Barcelona, Península, 2019..

En segundo lugar, encontramos lo que se ha denominado cultural backlash, es decir, la reacción cultural a la globalización liberal. Nuestras sociedades se han transformado paulatinamente en multiculturales y muchas reivindicaciones agrupadas bajo la etiqueta de posmaterialistas se han convertido en derechos en las últimas décadas, desde el divorcio y el aborto hasta el matrimonio homosexual. Esto ha conllevado, según diferentes especialistas, una reacción por parte de sectores de la población que ven amenazada su posición en la sociedad e incluso su identidad. De ahí, pues, que voten por partidos que rechazan la inmigración, critican lo que consideran excesos progresistas y defienden la familia tradicional. Si tuviésemos que escoger una fórmula para resumir esta causa, la más adecuada sería posiblemente la del angry white manPippa Norris y Ronald Inglehart, Cultural Backlash. Trump, Brexit and Autoritharian Populism, Cambridge, Cambridge University Press, 2019..

En tercer lugar, las democracias liberales representativas viven una profunda crisis: nuestras sociedades son deshilachadas, los partidos políticos ya no cumplen con la función de correa de transmisión y válvula de escape entre territorios e instituciones, los sindicatos tienen enormes dificultades para adaptarse a una realidad plenamente posfordista, la desconfianza de la ciudadanía sigue en aumento. En sociedades tan atomizadas, donde la confianza hacia las instituciones parece haber desaparecido, no resulta descabellado imaginar que parte del electorado opte por partidos que dicen querer reventarlo todo o, como mínimo, que se oponen al establishment y critican el funcionamiento de democracias que consideran lentas, ineficaces o desconectadas de la voluntad del pueblo.

Propaganda electoral de La Liga Norte en las elecciones de 2008. © Lo Sky

A estas tres causas podríamos añadir una cuarta que tiene que ver aún más si cabe con las percepciones de la población. La demanda de protección y seguridad ha aumentado en un mundo líquido que cuesta entender. ¿Qué será dentro de diez años de mi empleo con la inteligencia artificial? ¿Qué pasará en nuestros barrios si siguen llegando migrantes de otros continentes?

¿Qué será de la concepción de la familia en que muchos se han criado si se permiten adoptar hijos a parejas homosexuales? ¿Qué será de nuestras relaciones sociales en tiempos de realidad virtual con proyectos como el del Metaverso? A su manera, la extrema derecha sabe ofrecer seguridad y protección a mucha gente que vive con miedo y temor lo que nos puede deparar el futuro, dando respuestas sencillas a problemas complejosSteven Forti, Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla, Madrid, Siglo XXI, 2021..

De leyes electorales, gobiernos técnicos y boxeadores sonados

Todo esto es válido, ça va sans dire, también para el contexto transalpino y para entender por qué Giorgia Meloni se convirtió el pasado mes de octubre en presidenta del Gobierno italiano. Ahora bien, para explicar la victoria electoral de Hermanos de Italia es necesario añadir una serie de elementos, algunos de corto plazo, y más vinculados a esta campaña electoral, y otros de más largo plazo, que nos muestran los profundos cambios vividos por la sociedad y la política italianas en las últimas tres décadas.

En primer lugar, cabe apuntar que los resultados de las elecciones celebradas el pasado 25 de septiembre estaban cantados desde el momento en que, a finales de julio, cayó el ejecutivo de unidad nacional presidido por Mario Draghi. La ley electoral, como se sabe, marca siempre las reglas del juego y, en este caso concreto, la ley electoral vigente al sur de los Alpes, el Rosatellum, que toma su nombre del diputado Ettore Rosato, dejaba muy poco margen para las sorpresas. Se trata de una ley que mezcla el sistema proporcional, con el que se elige el 61% de los diputados y senadores, y el sistema mayoritario en colegios uninominales, con el que se elige el restante 37% de los parlamentarios. Para ser competitivos en estos colegios resulta fundamental, pues, saber forjar coaliciones amplias, porque el primero que llega, aunque sea por un puñado de votos, se lleva el gato al agua. Más allá de las divergencias, a veces también profundas, que han tenido en los últimos años, las formaciones de derecha –Hermanos de Italia, la Liga y Forza Italia– se presentaron en coalición, mientras las demás formaciones –el Partido Democrático (PD), el Movimiento 5 Estrellas (M5E) y el llamado Terzo Polo, es decir la alianza entre Azione e Italia Viva– fueron incapaces de forjar una alianza electoral progresista. El resultado fue que con el 43,8% de los sufragios la coalición de (ultra)derecha se hizo con una mayoría absoluta de 237 diputados y 115 senadores, entre ellos 121 de los 146 diputados y 59 de los 74 senadores elegidos en los colegios uninominales.

Ahora bien, ¿cómo es posible que Hermanos de Italia, una formación que en las anteriores elecciones entró por los pelos en el Parlamento, se haya convertido de repente en el partido más votado del país? Aquí entran dos elementos de los que podríamos considerar causas a corto plazo. Por un lado, la formación liderada por Meloni fue la única fuerza política que se quedó en la oposición durante el Gobierno tecnocrático de Draghi formado en febrero de 2021. Pudo capitalizar así esos diecisiete meses en los que incluso la Liga y Forza Italia tenían ministros en el ejecutivo del expresidente del Banco Central Europeo (BCE). Por otro lado, Matteo Salvini, que hace tan solo un trienio parecía encaminado a convertirse en el líder indiscutible de la ultraderecha italiana, ha ido perdiendo atractivo tan rápidamente como lo había conquistado. Es menester recordar que la Liga, que en 2013 llegó a duras penas al 4% necesario para entrar en el Parlamento, obtuvo el 17,4% de los votos en las elecciones legislativas de 2018 y superó incluso el 34% en las europeas del año siguiente. Como si fuese un nuevo Ícaro, Salvini se acercó demasiado al sol, que ablandó la cera de sus alas y lo hizo precipitarse en el mar.

«Soberanía. Los italianos primero», se lee en este cartel de las elecciones de septiembre de 2022.  © Haisollokopas, CC BY 4.0

A partir del verano de 2019, cometió de hecho una serie de errores garrafales. Primero, y siendo ministro del Interior en el ejecutivo de coalición con el M5E, pidió plenos poderes, rompió la alianza de gobierno y quiso forzar elecciones anticipadas: lo que consiguió fue que, en una de las muchas carambolas de la política italiana, el movimiento fundado por el excómico Beppe Grillo llegase a un inesperado acuerdo con el centroizquierda para forjar una nueva mayoría parlamentaria. Luego se sumaron las investigaciones por sus estrechas relaciones con la Rusia putinista, la caída en desgracia de su gurú de las redes sociales –Luca Morisi–, que había sido el artífice de su visibilidad mediática, y sus incoherentes posturas acerca del covid. Para un líder turbopopulista como Salvini, la guinda fue tener que tragar con el órdago del sector pragmático de su partido y aceptar el ingreso en el gobierno de un técnico de reconocido prestigio como Supermario. En resumidas cuentas, Salvini parecía un boxeador sonado que había perdido completamente su conexión emocional con una parte nada desdeñable de la población.

El nudo gordiano de Tangentópolis

Sin embargo, no podemos, como los necios, quedarnos mirando solo el dedo: hay que mirar también a la luna. En este caso, esto significa rebobinar la cinta de la historia italiana y volver al que es, sin duda alguna, el nudo gordiano representado por el fin abrupto de la Primera República. Entre 1992 y 1994, con el estallido de Tangentópolis –un escándalo de corrupción que involucró a las principales formaciones políticas transalpinas–, se derrumbaba de un plumazo el sistema de partidos nacido con la Resistencia al nazifascismo y empezaba una etapa de eterna transición hacia una Segunda República, basada en un sistema parcialmente bipolar, que nunca se llegó a consolidarSimona Colarizi y Marco Gervasoni, La tela di Penelope. Storia della Seconda Repubblica, Roma/Bari, Laterza, 2014..

Esto conllevó, en primer lugar, la creación de un heterogéneo bloque de derechas liderado por Silvio Berlusconi, que ocupaba, y ampliaba notablemente desde el punto de vista ideológico, el espacio dejado vacío por la desintegración de la todopoderosa Democracia Cristiana, el partido que había estado ininterrupidamente en el poder desde 1945. «No os avergoncéis de ser de derechas», declaró il Cavaliere poco después de llegar al Gobierno en 1994. La consecuencia directa fue que el posfascismo, representado por el Movimiento Social Italiano (MSI), junto al más «nuevo» etnorregionalismo populista de la Liga Norte, eran legitimados por primera vez como fuerzas de gobierno. Para los missini terminaba así la larga travesía en el desierto posterior a la Segunda Guerra Mundial: los nietos del régimen fascista dejaban de ser el polo escluso de la República italiana cuyo principal pilar había sido la que se conoce como la pregiudiziale antifascistaPiero Ignazi, Il polo escluso. Profilo storico del Movimiento Sociale Italiano, Bolonia, Il Mulino, 1998.. Parecía no importar ya que en su logo apareciese la llama tricolor que emanaba de la tumba de Mussolini o que Gianfranco Fini, a la sazón líder del MSI, declarase dos días después de que la coalición berlusconiana ganase las elecciones que «Mussolini fue el más grande estadista del siglo».

El empresario milanés –que, no se olvide, había moldeado la mentalidad de los italianos con sus redes televisivas– fue capaz de situar el debate entre una coalición de centroderecha definida como «moderada» y los «comunistas», aunque el Partido Comunista Italiano había dejado paso al Partido Democrático de Izquierdas, una formación socialdemócrata que al cabo de unos años se dejó engatusar por los cantos de sirena del blairismo. Se daba así, ya a mediados de los años noventa, una situación singular en el contexto europeo: unas fuerzas que se habrían categorizado en otras latitudes como de extrema derecha –es decir, el MSI en pos de convertirse en Alianza Nacional y la Liga Norte de Umberto Bossi– eran parte de una coalición que se declaraba moderada, mientras que se consideraban extrema derecha tan solo los grupúsculos neofascistas y neonazisAndrea Mammone, «"È tempo di patrioti". Il ritorno (a destra) dei neofascisti», en Corrado Fumagalli y Spartaco Puttini (eds.), Destra, Milán, Fondazione Giangiacomo Feltrinelli, 2018, pp. 35-36..

En segundo lugar, el berlusconismo consiguió romper la hegemonía del discurso antifascista defendido después de 1945 por las mismas instituciones del Estado italiano. La general banalización del régimen de Mussolini, asociada a un cierto revisionismo historiográfico bien representado por los últimos trabajos del historiador Renzo De Felice, se difundió en la última década del siglo pasado, sobre todo desde las instituciones y los medios de comunicaciónVéase, por ejemplo, Renzo De Felice, Rosso e nero, Milán, Baldini & Castoldi, 1995.. Son los años en los que se habla incesantemente de las foibas –los asesinatos de italianos a manos de los comunistas yugoslavos al finalizar la Segunda Guerra Mundial en las dolinas del Carso– hasta el punto de crear un Día del Recuerdo el 10 de febrero de cada año, en el que se revaloriza el colonialismo italiano en Libia, Eritrea y Somalia, por más que trabajos pioneros como los de Angelo Del Boca hubiesen desmontado el mito del «buen italiano»Véase un trabajo que reúne las principales tesis del autor en Angelo Del Boca, Italiani, brava gente? Un mito duro a morire, Vicenza, Neri Pozza Editori, 2005.; en los que el mismo presidente del Gobierno, Berlusconi, declara sin ningún aspaviento a un medio británico que «Mussolini no mató nunca a nadie. Mussolini enviaba a la gente de vacaciones al confinamiento político»; en los que el periodista Giampaolo Pansa inunda las librerías con volúmenes sobre los «crímenes» de los partisanos italianos y en los que se define a los militares de la República Social Italiana, que lucharon junto a la Wehrmacht y a las SS, como «los muchachos de Salò»El libro más existoso de Giampaolo Pansa es Il sangue dei vinti, Milán, Sperling & Kupfer, 2003.. En palabras pronunciadas por el mismo presidente de la República, Carlo Azeglio Ciampi, en 2001, estos jóvenes hicieron una elección equivocada, pero defendían una Italia unida y creían servir al honor de la patria, de forma no tan distinta, al fin y al cabo, a la de los partisanos. Fue un cambio de paradigma, sin duda alguna. Las guerras de la memoria, en suma, fueron una especie de gota malaya que fue erosionando el consenso que había marcado la política italiana después de 1945Un buen resumen de todas estas guerras culturales se encuentra en Aram Mattioli, «Viva Mussolini!». La guerra della memoria nell’Italia di Berlusconi, Bossi e Fini, Milán, Garzanti, 2010..

Fachada de la sede de la asociación neofascista CasaPound Italia en Roma, CC BY 4.0

En tercer lugar, con el estallido de Tangentópolis se abrió una brecha profunda entre la clase política y la ciudadanía. Las críticas a la «partidocracia» de finales de los años ochenta, que eran comprensibles en un sistema donde la alternancia en el gobierno era imposible debido al contexto de la Guerra Fría, se convirtieron rápidamente en un populismo simplón que identificaba a todos los políticos como ladrones. Primero, y con la ayuda inestimable de los medios de comunicación, se mitificó a la sociedad civil y a la magistratura, que tenía la misión de hacer piazza pulita de un sistema corrupto. Fue quizás una ironía de la suerte que justo tras el terremoto de Tangentópolis entrara en la escena política un personaje con muchos esqueletos en el armario como Berlusconi. No extraña, pues, que poco más de una década más tarde apareciese el Movimiento 5 Estrellas que se proponía, al grito del ya famoso Vaffanculo –literalmente, «a tomar por culo»–, hacer limpieza definitiva de unos políticos incapaces y corruptos, retomando el afortunado concepto de «la casta», acuñado por aquel entonces por los periodistas Sergio Rizzo y Gian Antonio Stella.Sergio Rizzo y Gian Antonio Stella, La casta. Così i politici italiani sono diventati intoccabili, Milán, Rizzoli, 2007.

En resumidas cuentas, la desconfianza hacia la clase política, potenciada también por la ya tradicional inestabilidad gubernamental y la formación de ejecutivos técnicos, no ha parado de crecer hasta llegar al 79% en la actualidad. Según un sondeo de Quorum/Youtrend del pasado mes de septiembre, las emociones que suscitaban los políticos eran «rabia» para el 59% de los entrevistados e «indiferencia» para el 31%. Tan solo al 4% de los encuestados los políticos le suscitaban «satisfacción». No es casualidad que el abstencionismo haya aumentado hasta cotas nunca vistas. El pasado 25 de septiembre más del 36% de los italianos se quedó en casa, unos diez puntos por encima de los anteriores comicios. 

Italia, un laboratorio político ultraderechista

Lo que sembró el berlusconismo, pues, es crucial para entender lo que ha pasado en la última década al sur de los Alpes. Italia no se convirtió de un día para otro en un país ultraderechista. Más sencillamente, ha sido siempre un país conservador, tanto a nivel político como a nivel de sociedad y costumbres, aunque tuvo el más poderoso Partido Comunista de la Europa occidental. Lo que ha pasado en el último cuarto de siglo ha sido, por un lado, una patente incapacidad para hacer las cuentas con el pasado de la nación –el régimen de Mussolini, el colonialismo y el racismo italianos, etc.–, acompañada de la ya citada banalización del fascismo y, por el otro, la paulatina radicalización de las derechas, sobre todo a partir del nuevo milenio y, con más evidencia, tras la Gran Recesión.

En primer lugar, el mismo centroderecha berlusconiano empezó a acercarse, sobre todo tras su vuelta al Gobierno en 2001, a las pequeñas formaciones de extrema derecha existentes y a compartir algunas de sus reivindicaciones en cuestiones como el rechazo a la inmigración, la islamofobia o la defensa de la familia tradicional, favoreciendo así su legitimación. En segundo lugar, aunque siguieron existiendo los tradicionales grupúsculos neonazis, autoguetizados con sus cabezas rapadas y esvásticas, se fue creando una nueva extrema derecha que supo presentarse de otra forma y declinar de manera original los discursos neofascistas de toda la vida. El caso de CasaPound Italia, los autodenominados «fascistas del tercer milenio», es sintomático, entre la atención al asistencialismo social –evidentemente, solo para los italianos– y los jóvenes, las referencias ideológicas transversales –de Mussolini al Che Guevara– y las mismas prácticas de acción, como la ocupación de edificiosElia Rosati, CasaPound Italia. Fascisti del terzo millennio, Milán, Mimesis, 2018, y Paolo Berizzi, NazItalia. Viaggio in un paese che si è scoperto fascista, Milán, Baldini & Castoldi, 2018..

Esto nos ayuda a comprender por qué el fascismo se ha convertido en la actualidad en una «moda» entre muchos adolescentes italianos que lo perciben, posiblemente, como la única ideología antisistema disponible. Como explica el periodista Christian Raimo, el populismo y la antipolítica han permitido crear las condiciones para que el fascismo pueda convertirse en un elemento cultural transversalChristian Raimo, Ho 16 anni e sono fascista. Indagine sui ragazzi e l’estrema destra, Milán, Piemme, 2018, pp. 11, 41 y 91.. E Italia ha sido, sin duda alguna, la «tierra prometida» del populismo –entre el telepopulismo berlusconiano, el etnopopulismo regionalista de la primera Liga Norte, el ciberpopulismo del Movimiento 5 Estrellas y el populismo soberanista de Salvini y Meloni– y, por lo menos desde principios de los años noventa, un terreno fértil para la antipolíticaMarco Tarchi, Italia populista. Dal qualunquismo a Beppe Grillo, Bolonia, Il Mulino, 2015.. Como explica el historiador Giovanni Orsina, de hecho, el berlusconismo debe entenderse también como una «apología del país real», es decir como un fenómeno que se apoya en el «mito antipolítico de la sociedad civil»: Berlusconi desarrolló una propuesta hipopolítica que se oponía frontalmente a la hiperpolítica de la Primera República y a su estrategia ortopédica y pedagógica respecto a la sociedadGiovanni Orsina, Il berlusconismo nella storia d’Italia, Venecia, Marsilio, 2013, pp. 97-134.. De aquellos polvos, podríamos decir, estos lodos.

Silvio Berlusconi durante la visita que realizó a Crimea en 2015 en compañía de Putin © www.kremlin.ru

Sin embargo, para explicar los éxitos de Salvini primero y ahora de Meloni, hay que añadir un tercer elemento que resulta fundamental y que podríamos considerar el cierre del círculo. Si allá por los swinging nineties, Berlusconi fue quien permitió la normalización y la legitimación de la extrema derecha al sur de los Alpes, la crisis del berlusconismo durante la última década explica por qué se ha convertido en hegemónica. La apuesta por crear una especie de Partido Republicano estadounidense a la italiana, el Pueblo de la Libertad, que il Cavaliere había lanzado en 2008, fracasó estrepitosamente menos de un lustro después. No es casualidad que fuera justo en aquella coyuntura, marcada por otro ejecutivo técnico, el de Mario Monti, cuando Meloni –que, no se olvide, había ocupado la cartera de Juventud en el último Gobierno de Berlusconi– fundó Hermanos de Italia con el objetivo de recuperar la tradición política del MSI. Y cuando Salvini, después de la crisis de la Liga Norte, envuelta en un sinfín de escándalos, se hizo con la secretaría del partido fundado por Bossi, transformándolo en una formación nacionalista italiana según el modelo del lepenismo. Salvini y Meloni, cada uno a su manera, mostraron olfato político y supieron percibir la marca de los tiempos, es decir ese nacionalpopulismo que poco después personificaría Donald Trump.

Tras 2013, la coalición de derechas seguía presentándose unida a las elecciones que se iban celebrando, pero desde aquel momento había empezado el combate de judo para ver quién se hacía con la hegemonía de la derecha italiana. Además, entre los escándalos de los bunga-bunga, la inhabilitación por la condena en un caso de corrupción y la incapacidad para renovar la dirigencia de su partido-hacienda, la fascinación que había ejercido un ya octogenario Berlusconi iba francamente en declive. La todopoderosa formación que creó en 1994, Forza Italia, aunque no desaparecía de los radares, se iba convirtiendo en el junior partner de una coalición hegemonizada por los demás. Entre 2016 y la actualidad se fue cumpliendo consecuentemente la paulatina radicalización del electorado berlusconiano, es decir, ese sector conservador, católico y anticomunista de la población italiana que durante la Primera República había votado mayoritariamente por la Democracia Cristiana y que, tras la discesa in campo de il Cavaliere, había escogido la papeleta de Forza Italia. Primero, como se apuntó anteriormente, quien se benefició fue Salvini, que en 2019 tocó el cielo al obtener el 34,3% de los votos en las elecciones europeas. Ahora, en cambio, tras los tropiezos del Capitano –así es como sus partidarios llaman al líder liguista– le ha tocado el turno a Giorgia Meloni.

El fundador de la Liga Norte, Umberto Bossi (dcha.), en el Congreso de 2013, cuando Salvini se hizo con la secretaría del partido, CC BY-SA 3.0

Aunque hace tan solo un lustro nadie hubiese apostado un duro por ella, la líder de Hermanos de Italia se ha convertido, de la noche a la mañana, en la primera mujer en ser nombrada presidenta del Gobierno italiano. Berlusconi y Salvini siguen ahí, es cierto, pero son la sombra de lo que fueron. La última palabra no está escrita y, visto lo visto, nadie se atrevería a poner la mano sobre el fuego por que dentro de un par de años no haya otros giros inesperados. De lo que no cabe duda, sin embargo, es que justo en el centenario de la marcha sobre Roma, el momento que marcó la llegada al poder del fascismo, la líder que ocupa el Palacio Chigi es heredera y descendiente de aquella cultura política. Quizás no estaba tan equivocado Mark Twain cuando afirmó que la historia no se repite, pero rima.

LOS MIÉRCOLES DEL GRAND CONTINENT Y EL CÍRCULO DE BELLAS ARTES
COLOQUIO ENTENDER LAS SELECCIONES ITALIANAS
28.09.22

PARTICIPAN STEVEN FORTI • ANTONIO MAESTRE • MÁRIAM MARTÍNEZ-BASCUÑÁN
ORGANIZA CBA • EL GRAND CONTINENT