Tamaño de fuente grande
Tamaño de fuente normal
Tamaño de fuente pequeña
Anterior
Pequeña
Normal
Grande
Siguiente

Años de gloria para la extrema derecha europea

Xavier Casals i Meseguer | Carme Colomina Saló | Guillermo Fernández Vázquez

El historiador Xavier Casals i Meseguer, junto a Guillermo Fernández Vázquez, investigador de la UCM y autor de Qué hacer con la extrema derecha en Europa: El caso del Frente Nacional (Lengua de Trapo, 2019), y Carme Colomina Saló, periodista e investigadora principal del Barcelona Center for International Affairs, analizan el desarrollo de la extrema derecha en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, cuando el Movimiento Social Italiano (MSI) se erigió en su referente, hasta el impulso ganado en estas dos últimas décadas. Aupados por el nuevo contexto social y mediático, hoy los partidos de la derecha radical han triplicado su voto en Europa(del 7% de 1998 al 25% de 2018), donde se han convertido en una opción real de gobierno. 

Xavier Casals i Meseguer

Voy a hacer un recorrido histórico taquigráfico, que tiene la virtud de poder dar una visión de conjunto. Lo dividiré en tres momentos: la inmediata posguerra, una época nostálgica en la que el Movimiento Social Italiano (MSI) fue el partido de referencia de la extrema derecha europea; la irrupción institucional de Le Pen en las elecciones europeas de 1984, que introduce en su agenda temáticas como la inseguridad y la migración, y la primera década del siglo XXI, con la irrupción de la islamofobia, algo que reinventará a la extrema derecha. 

Antes me gustaría mencionar algunos datos del Parlamento Europeo pos-Brexit. Si sumáramos los grupos que componen Identidad y Democracia (ID) y los Conservadores y Reformistas Europeos (CRE), más los trece diputados del Fidesz que lidera Viktor Orbán, el conjunto de la extrema derecha sumaría 151 eurodiputados y sería potencialmente la tercera fuerza del Europarlamento. No lo percibimos de manera clara porque están fragmentados en grupos, pero si analizamos la evolución de la extrema derecha en las elecciones europeas podemos ver su crecimiento. 

Una vez visto el presente, vayamos a los orígenes. En la inmediata posguerra se funda el mencionado MSI, que se convierte en el gran referente de lo que será el neofascismo de posguerra. Este partido recoge el legado de la República Social Italiana (RSI), el último régimen mussoliniano más radical fundado en 1943. Las siglas MSI encarnan un juego críptico de palabras. Por una parte, recuerda a RSI y, por otra, tiene una doble lectura: «Mussolini sí» y «Mussolini sei immortale». Además, el MSI creó un símbolo –la fiamma–, que aparentemente es una antorcha, pero que es también el ataúd de Mussolini del cual emana la llama de la Italia eterna. Desde entonces, la fiamma ha sido un icono de la extrema derecha de Europa occidental y más allá. 

El MSI continuará siendo un referente clave hasta inicios de los años ochenta. Junto a él, hay dos fenómenos a los que no se suele aludir y que son los precursores de la derecha populista actual. Uno acontece también en Italia y es simultáneo al MSI. Se trata de la fundación de un partido por el periodista y dramaturgo Guglielmo Giannini, a partir del periódico L’Uomo qualunque [El hombre corriente] del que tomó su nombre. Era un partido antisistema, que se definía como un partido contra todos los partidos; su lema era «Abbasso tutti» [Abajo todos]. En 1946 logró el 5% de los votos y treinta escaños. El segundo fenómeno al que me refiero surge en Francia, en la encrucijada de la posguerra y de la extrema derecha: es el poujadismo, un movimiento político que surgió en torno a Pierre Poujade, un librero y papelero de provincias (era de Saint-Céré, en la región de Midi-Pyrénées) que encabezó una revuelta fiscal para protestar contra los nuevos canales de distribución. Poujade movilizó a un sector mesocrático a través de la formación que él mismo creó: la Unión de Defensa de los Comerciantes y Artesanos (UDCA), un movimiento de protesta contra los de arriba. El poujadismo tiene interés no solo porque en 1956 logró el 11,6% del voto (más de dos millones y medio de votantes), sino porque entre sus 51 diputados estuvo el más joven de Francia: Jean-Marie Le Pen, con tan solo veintiocho años. Giannini y Poujade se sitúan entre el pasado y el presente: en ellos hay ya una denuncia de las élites, del malestar económico de «los de abajo» contra «los de arriba», una acción política basada en la antipolítica, una gran desconfianza hacia los políticos profesionales, un cuestionamiento a la representatividad del sistema y un lenguaje rudo y directo. Por consiguiente, aunque a veces no se incluyan en la genealogía de la extrema derecha, ambas experiencias fueron importantes. 

El segundo momento que he elegido para marcar una dinámica de cambio es el de la descolonización de Argelia, resultado de una larga guerra entre 1954 y 1962. Francia no quería abandonar la colonia, por lo que creó la Organización del Ejército Secreto (OAS), que unió a los colonos blancos en una lucha basada en tácticas terroristas contra la descolonización. Esta experiencia originó un núcleo reflexivo en la extrema derecha francesa, que lanzó la revista Europe Action, en la que empezarán a aparecer temas propios de este sector político, como el de la inmigración. Y de esta revista saldrá la estrategia original de la llamada Nueva Derecha (ND), un movimiento intelectual complejo y difícil de resumir en poco espacio, que sentó los cimientos para repensar el universo de la derecha en un ámbito de fronteras difusas entre la extrema derecha y la derecha radical. En primer lugar, sus componentes no se definieron como políticos, sino como autores de reflexiones «metapolíticas»; es decir, no piensan tanto en la política inmediata y coyuntural, sino a largo plazo. En este sentido, lanzaron la idea de un «gramscismo de la derecha» que se proponía crear un «contrapoder» a la izquierda y al marxismo en el plano de las ideas. Su apuesta renovadora influyó en la reformulación del discurso de la extrema derecha, introduciendo lo que podríamos llamar el «elogio de la diferencia» que, haciendo una simplificación, consiste en defender la tesis de que no hay razas, sino culturas que no son superiores o inferiores, solo diferentes. Ahora bien, estas culturas se debían preservar evitando «mestizajes» étnicos. Además, la ND rechazó el colonialismo cultural y económico de Estados Unidos, a la vez que repudió el legado judeocristiano, monoteísta e igualitarista para reivindicar los orígenes míticos y paganos del continente. Esta corriente, de evolución difícil de sintetizar, tuvo dos altavoces importantes en las revistas Éléments (1973) y Nouvelle École (1968). 

El tercer momento que quiero enfatizar se sitúa en los inicios de la década de los setenta, cuando emerge un importante movimiento de protesta fiscal en Dinamarca y Noruega que dará lugar a los llamados Partidos del Progreso (FrP), seguidores del «chovinismo del bienestar», que defiende que las prestaciones del estado del bienestar sean para los autóctonos. Entre los impulsores de estas ideas está el Partido del Progreso danés fundado por Mogens Gistrup y el noruego creado por Anders Lange. No es casualidad que estos partidos, que encarnan los primeros conatos de protesta importantes contra el estado de bienestar y su alto coste fiscal, irrumpieran en el parlamento en 1973, en plena vigilia del thatcherismo y el reaganismo. 

Un cuarto momento en la evolución de este espectro podríamos asociarlo a la irrupción institucional en Francia de un partido extraparlamentario fundado en 1972: el Frente Nacional (FN) liderado por el exdiputado poujadista Le Pen. En los comicios europeos de 1984, el FN consiguió el 11% de los votos e introdujo en la agenda política dos temas esenciales de la ultraderecha: la inmigración y la idea de «los franceses primero». Recordemos que estamos solo a cinco años de la caída del Muro de Berlín, en un momento en que la extrema derecha necesita abandonar el anticomunismo y rearticular su discurso con nuevos mimbres como los del lepenismo. 

Así llegamos a finales del siglo XX: la extrema derecha ha recorrido un largo camino y sus partidos, presentes en diversos parlamentos, ya han devenido familiares en la escena política. Dentro de este marco, en 1999, el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) entró en el Gobierno del país con una gran polémica, mostrando el ascendiente que han ganado estas formaciones. Poco después acaecerán los atentados del 11-S de 2001 en Nueva York, un acontecimiento que añade otro componente a la extrema derecha: el temor irracional al islam o islamofobia. Así, el islam ya no será percibido desde los ámbitos de extrema derecha como una cultura más, sino como una cultura que amenaza a las culturas europeas occidentales. La islamofobia facilitará un giro liberal limitado del discurso de extrema derecha que atraerá, entre otros, el voto homosexual. De este modo, aunque habitualmente se dice que la extrema derecha es homófoba, no es verdad en el grueso de sus partidos. De hecho, se ha señalado que el FN bajo el liderazgo de Marine Le Pen habría sido el primer partido en preferencia de voto de la comunidad homosexual. Además, ha habido dirigentes de extrema derecha públicamente homosexuales, como el neerlandés Pim Fortuyn o Alice Weidel, de Alternativa para Alemania. Este cambio también ha permitido reinventar alianzas. Por ejemplo, en 2010, el líder del entonces Bloque Flamenco (VB), Filip de Winter, contactó con parlamentarios israelíes, ejemplificando la máxima de «los enemigos de mis enemigos son mis amigos». En suma, también el antisemitismo propio de la extrema derecha empezó a cambiar, lo que ha permitido nuevos discursos de gran plasticidad. 

En 2016 ocurrieron dos acontecimientos significativos –el referéndum del Brexit y las elecciones presidenciales de Estados Unidos– que, a mi juicio, reflejan un cambio de tendencia: mientras que antes la extrema derecha era una opción o un voto de protesta, ahora aparece como una opción de cambio real. Por consiguiente, no sorprende que la elección de Donald Trump produjera un viraje global en el discurso de la extrema derecha y que las ideas de este espectro dejaran definitivamente de pertenecer a los márgenes de la política para devenir mainstream

Antes de acabar, quiero mencionar algunos acontecimientos importantes a tener en mente. En primer lugar, las elecciones presidenciales francesas de 2017, en las que Marine Le Pen, pasado el segundo turno, obtuvo el 33% de los votos. En los comicios presidenciales franceses próximos [este debate tuvo lugar antes de las elecciones presidenciales de Francia de marzo de 2022, en las que Le Pen obtuvo el 41,5% de los votos], muchas encuestas indican que puede vencer a Emmanuel Macron; de ahí el giro hacia la derecha que ha experimentado el presidente en los últimos tiempos. En segundo lugar, es importante señalar la victoria presidencial de Jair Bolsonaro en Brasil, ya que muestra un flujo ideológico transatlántico. En tercer lugar, decir que aún no sabemos qué impacto tendrá el reciente asalto al Capitolio de Estados Unidos [en enero 2021], pero ha creado una mitología que puede ejercer un poderoso atractivo político. Por último, quiero matizar una afirmación: siempre se dice que la ultraderecha ha llegado para quedarse; yo propongo que miremos el caso de Grecia. Allí primero apareció Alerta Popular Ortodoxa (LAOS), que desapareció; después, Griegos Independientes (ANEL), que también desapareció; posteriormente, Amanecer Dorado, que ya tampoco existe, y ahora tenemos Solución Griega. Esto nos alerta de la importancia de no efectuar veredictos precipitados sobre la permanencia en las instituciones políticas de formaciones de extrema derecha. 

Guillermo Fernández Vázquez

Estamos asistiendo a un momento de fuerte reconfiguración ideológica, teórica y estratégica del mundo de las derechas en España, pero también en Europa occidental. Hemos pasado de un periodo en el que el dinamismo renovador estaba del lado de las izquierdas, tal vez no en el sentido programático, pero sí en cuanto a estilos políticos y retórica, a otro, que surge aproximadamente en 2016, en el que este impulso renovador se ha trasladado a las derechas. No es casual que ese mundo de las izquierdas, tan activo hace unos años, ahora esté a la defensiva, pensando en cómo frenar el avance de las derechas. 

¿Cómo hemos llegado hasta aquí, a un momento en el que las derechas en su conjunto tienen más vitalismo que las izquierdas? En los últimos diez años, en el mundo de las derechas radicales ha habido dos grandes modelos estratégicos: el que algunos politólogos han denominado «modelo social soberanista» y el que podríamos llamar «liberal identitario». El primero fue acuñado por el Frente Nacional de Le Pen en 2011 y, en menor medida, también por Matteo Salvini a partir de 2013. No obstante, hoy el segundo es el modelo más popular.

En un contexto de grave crisis económica, de políticas de austeridad, de aparición de grandes casos de corrupción en el centroderecha y en el centroizquierda en muchos países, en un momento de crisis del proyecto europeo y de Brexit, el modelo social soberanista plantea que es posible crecer electoralmente, e incluso ganar las elecciones, haciendo que los viejos partidos de extrema derecha se presenten ante la opinión pública como partidos renovadores que abandonan una parte de sus postulados más reaccionarios en sentido moral, como un híbrido entre lo mejor de la derecha y lo mejor de la izquierda. Por lo tanto, están en condiciones de decirle a una parte de la izquierda sociológica, defraudada e indignada, que ahora son ellos lo más parecido a los proyectos por los que votaban generaciones anteriores; incluso de decirle a los funcionarios, los jóvenes o los homosexuales, categorías profesionales o socioidentitarias tradicionalmente muy alejadas del voto de esta fuerza política, que la extrema derecha ya no es lo de antes y que ahora puede ser su opción. 

Así, en un panorama en el que las izquierdas socialdemócratas han defraudado a sus votantes, la derecha radical aparece como un aliado inesperado, presentándose como el heredero imprevisto de los viejos partidos de la izquierda soberanista y antiliberal. De ahí que sus programas y su retórica subrayen elementos democráticos contra Bruselas y contra la Troika, elementos de política social avanzada contra las élites económicas y la casta, políticas económicas a favor de la industrialización de sus países y en contra de las deslocalizaciones y un espíritu más liberal en cuestiones de moralidad, sexualidad y estilos de vida. Estos partidos no tendrán ya tanto interés en pronunciarse continuamente contra el matrimonio homosexual, el aborto o el divorcio: sin hacer apología de ellos, los aceptan. Sería interesante preguntarse ahora por la inmigración. Dado que se da por supuesto que los partidos de extrema derecha son antiinmigración, el razonamiento de este modelo estratégico es que ahora es necesario que la gente los relacione con otras cosas: no se trata de hacer desaparecer esta cuestión de sus programas, al contrario, está muy presente, pero de algún modo está pasando a un plano secundario. En definitiva, estos partidos hacen grandes esfuerzos por parecer algo distinto de lo que eran. 

Junto al modelo social soberanista, a veces contrapuesto a él, está el modelo estratégico liberal identitario, que se ha impuesto en la mayoría de los partidos de derecha radical desde 2017. Plantea que es posible crecer electoralmente y vencer, no presentando a la extrema derecha como una fuerza política a caballo entre la derecha y la izquierda, sino convirtiéndola en el actor hegemónico en el mundo de las derechas. Esta estrategia pretende generar un proyecto interclasista, no tanto preguntándole a los votantes cómo creen que Bruselas daña la soberanía de sus países, o cuánto pone en riesgo la inmigración el estado de bienestar, sino interpelando a la gente con una pregunta muy sencilla, una pregunta acerca de sus gustos y los estilos de vida con los que se identifican. A partir de aquí, la derecha radical quiere mostrar que la izquierda culpabiliza a los votantes por las identidades en las que se reconocen, mientras que ellos se jactan de aceptar que los votantes no congenien con algunas de sus propuestas y de garantizarles que nadie va a cuestionar los estilos de vida con los que se identifican. La derecha radical se postula como una suerte de garantía identitaria indiferente.

Esto me lleva a otro punto fundamental: la cuestión de la identidad en las derechas actuales. En el último año, Isabel Díaz Ayuso ha hecho un gran esfuerzo por reformular y, al mismo tiempo, reafirmar la identidad madrileña, que ella identifica con la libertad, con las ganas de divertirse; una identidad que presenta a Madrid como un concentrado de España, y que, por tanto, merece una especial protección. En este contexto, en el que tenemos unas derechas que, por un lado, polarizan constantemente con una caricatura del enemigo y, por otro, trabajan sobre el plano de las identidades, suena contraintuitivo que la respuesta de la izquierda sea la de presentir el fascismo. La imagen del fascismo es de restricciones. Ayuso, por ejemplo, ha sabido mostrarse como aquella figura política cuya promesa fundamental es no culpabilizar y enfrentarse con quienes reglamentan. 

¿Qué está pasando en el mundo contemporáneo para que la cuestión sobre las identidades o los estilos de vida tengan tanta potencia, tanto atractivo para categorías sociales tan distintas? En el mundo de la república del Do It Yourself, de pronto las derechas más radicales proponen una versión kitsch de las identidades que resulta muy atractiva para una parte del electorado de muy distintos países. Si esto es así, podemos decir que la tradición política que atraviesa mayores dificultades es la derecha convencional. Esta se encuentra en una situación muy complicada porque, por un lado, la derecha radical polariza de manera abierta y constante con las fuerzas del centro o del centroizquierda y, por otro, está innovando y experimentando mucho ímpetu por la renovación del vocabulario, por no tener complejos a la hora de mencionar determinados temas. Esto pone a los partidos conservadores tradicionales contra la espada y la pared, como ha ocurrido en países como Italia, donde Forza Italia se ha diluido. 

Me gustaría terminar con una pregunta: si este es el escenario, ¿qué papel les queda a los actores de la sociedad que no simpatizan con las derechas identitarias o radicales: lanzar un salvavidas a las derechas convencionales o aceptar el reto de la polarización?

Carme Colomina Saló

Me gustaría comenzar retomando la cuestión de cómo ha progresado el voto populista radical de las derechas en la Unión Europea: en veinte años se ha triplicado, pasando del 7% en 1998 al 25% en 2018. Este salto no se puede entender sin comprender muchas transformaciones que se han dado en Europa occidental, sobre todo en el panorama político. Una es la caída del Muro de Berlín, como bien ha mencionado Xavier, pero también hay otra crisis política que afecta a los partidos tradicionales en la Unión Europea. Daniel Innerarity explica muy bien el proceso de desintermediación que vivimos con la digitalización. La posibilidad de informarnos directamente desde la fuente rompe con los monopolios tradicionales de quienes tenían el derecho no solo a publicar, sino a explicar lo que pasaba en el mundo: los medios de comunicación tradicionales, los partidos políticos, los sindicatos, la academia o los think tanks. Este monopolio, al igual que la necesidad del usuario de que le expliquen y le jerarquicen la información, se quiebra. Ahora el usuario tiene sus propias fuentes y, en algunos casos, cuanto más alternativa le parece la fuente, más fiable le resulta. Las formas de consumo de noticias o de información han influido en este salto de las derechas radicales, no solo en cómo progresan los partidos de extrema derecha, sino también en cómo impactan estos cambios en los partidos tradicionales.

En el recorrido histórico que ha hecho Xavier, ha mencionado el Gobierno austriaco de Jörg Haider a finales de los noventa. En ese momento, yo era corresponsal en Bruselas y viajé a Viena para asistir a la formación de ese gobierno. Era la primera vez que una fuerza declarada de extrema derecha entraba a formar parte de un gobierno europeo. Había una sensación de desazón en Bruselas y los Estados miembros se sintieron obligados a decretar una especie de castigo político de seis meses de interrupción de relaciones diplomáticas. Si observamos lo que ha ocurrido desde entonces hasta ahora, vemos que las fuerzas populistas de la derecha radical se han convertido no solo en las aglutinadoras del voto protesta, como ocurría a finales de los noventa, sino en formaciones de gobierno o de apoyo clave en muchos gobiernos de la Unión; han estado presentes tanto en pactos parlamentarios como apoyando a gobiernos de diecinueve países miembros. 

Es interesante observar que cuanto más se expanden estas fuerzas por la UE, más heterogéneas son. Al final, el populismo radical de derechas responde a los enemigos locales, y estos son distintos en cada Estado. Sin embargo, muchas de estas fuerzas han desarrollado la misma evolución retórica e ideológica. Un ejemplo es Alternativa por Alemania, que nace como un partido antieuro, del que forman parte catedráticos de economía muy críticos en un momento en el que la Unión pasa por una crisis económica y financiera. Al cabo de un tiempo, ese partido euroescéptico se vuelve un partido antiinmigración tras la aparición de Pegida, un movimiento de base con el que aúnan fuerzas. Hoy, Alternativa por Alemania, como la derecha radical en muchos otros países europeos, está promoviendo ideas anticonfinamiento; apoyándose en el discurso de la libertad, buscan poner coto a los procesos de recorte de libertades que ha traído consigo la pandemia. 

Esta heterogeneidad también explica, como anotaba Xavier, que estas fuerzas sean incapaces de formar un solo grupo en el Parlamento Europeo. Se reconocen distintas, pero a la vez han sabido crear una especie de trasnacionalidad. Han sabido europeizar este movimiento de extrema derecha de una manera mucho más evidente, y con más resultados, que los partidos tradicionales. Un ejemplo muy claro es la cumbre de Coblenza, Alemania, de 2017, donde se reunieron las fuerzas de derecha radical de la Unión, coincidiendo con la entrada en la Casa Blanca de Donald Trump, la celebración del referéndum del Brexit y elecciones en Holanda, Alemania y las presidenciales en Francia. Estos grupos se reúnen en Coblenza para anunciar que viene la gran «primavera populista», como ellos mismos la llamaron, en una cumbre que pretendía visibilizar que había una conexión transnacional, una coordinación estratégica entre las fuerzas populistas de derecha. La paradoja es que se financió con fondos del Parlamento Europeo, porque la mayoría de estas fuerzas políticas se sientan en la Eurocámara y, por lo tanto, reciben fondos para la financiación a los partidos políticos europeos. Todo esto ha ayudado a alimentar el despliegue de la derecha radical a lo largo y ancho de la Unión Europea.

También es importante analizar los instrumentos que tienen a su alcance estas fuerzas políticas para hacer llegar su mensaje, el papel que juegan las redes sociales y la pandemia. Las redes sociales han sido una herramienta indispensable para estos partidos, porque les han permitido superar el bloqueo de los medios de comunicación tradicionales, pero, además, por la capacidad que les ofrecen para interactuar con sus propias audiencias. No solo están elaborando el mensaje que quieren transmitir, o utilizándolas para contaminar las agendas tradicionales, sino que, además, el usuario puede sentir que le están hablando directamente a él. El ejemplo más claro probablemente sea Donald Trump. Cuando llegó a la Casa Blanca, su primer responsable de comunicación advertía a la prensa de que el entonces presidente era el «líder de un movimiento» que hablaba «directamente» con sus votantes y no a través de los medios. Es un mensaje que se dirige directo a los votantes y, por lo tanto, como usuario, puedes creer que esa información no está manipulada porque llega directamente de una fuente en la que tú has depositado tu confianza. Eso transforma la manera de cómo se consume la información. En uno de sus libros, Mark Thompson, exdirector de la BBC, explica que la posverdad necesita «usuarios crédulos». En esta nueva realidad hemos perdido la capacidad de conciencia crítica a la hora de alimentarnos de contenidos o de consumir información, y hemos confundido la cantidad con la calidad. Todo esto también ha ayudado a que partidos políticos que antes podían situarse en los extremos de las fuerzas parlamentarias, o que no tenían una presencia directa en los medios tradicionales, acaben ocupando un puesto central en los discursos mediáticos. 

La capacidad de comunicar a través de estas nuevas herramientas que permiten llegar directamente a los posibles votantes sitúa a los usuarios en una nueva forma de vulnerabilidad: la dificultad de discernir qué es verdad y qué no, cómo se determina qué es verdad y qué no. Por ejemplo, la comunicación entre los votantes de Trump es endogámica. Por ello, lo que determina qué es verdad ya no es la capacidad de demostrar con hechos aquello que se nos está comunicando, sino la cantidad de gente que comparte esa misma idea, y eso es también lo que está determinando nuestra propia percepción y relación con la verdad. A esta nueva realidad hay que sumarle el momento de extrema vulnerabilidad que ha supuesto la pandemia, un largo periodo en el que tenemos más necesidad de información que nunca y en el que, a la vez, estamos más expuestos que antes a este alud de noticias no siempre verdaderas, noticias falsas o teorías conspirativas.

Otro fenómeno que demuestra cómo las redes sociales han permitido a las fuerzas de derecha radical sumar esfuerzos, a pesar de que se consideren distintas entre sí, es la retroalimentación de mensajes a través de campañas en redes sociales que empiezan en Europa pero que se impulsan en Estados Unidos para después regresar fortalecidas a la UE. Un ejemplo fue el Brexit, no solo por la intervención de Cambridge Analytica antes del referéndum, sino por episodios posteriores. Cuando Boris Johnson firmó el acuerdo con la UE, los hashtags #GetBrexitDone y #TakeBackControl fueron tendencia en Estados Unidos, a pesar de que el Brexit no era una preocupación para los estadounidenses. La capacidad de amplificación a través de determinadas redes al servicio de las agendas ideológicas y mediáticas de la extrema derecha consiguió colocar el Brexit como uno de los trending topics del momento. 

Otro ejemplo es el llamado «Macron Leaks». En los últimos días de la campaña presidencial francesa de Emmanuel Macron en 2017, se filtraron unos documentos y unos mensajes internos del candidato justo antes de la celebración de la segunda vuelta, cuando Macron se enfrentaba a Marine Le Pen. En cuestión de horas, activistas estadounidenses próximos a la web de extrema derecha One America News Network empezaron a inundar las redes sociales con el hashtag #MacronLeaks. Ese hashtag llegó a Francia y nutrió a quienes estaban tuiteando en la campaña de desprestigio contra Macron. 

A estos casos podemos sumar otro episodio que se vivió en Italia con el arresto de Luca Traini, un italiano que disparó a seis inmigrantes africanos. Tras su detención, redes de extrema derecha estadounidenses iniciaron una campaña de apoyo en conexión con Italia. En 4chan se hicieron videojuegos donde se mostraba a Traini como un héroe que iba atacando inmigrantes. A su vez, una campaña con panfletos que se distribuyeron en las universidades italianas popularizaba el eslogan «Está bien ser blanco». 

También en Irlanda se vivió un caso similar de conexión transatlántica. En 2018 se celebró un referéndum para ampliar la legalización del aborto que se convirtió en objetivo de interferencia externa. En Estados Unidos, diversos grupos antiabortistas comenzaron a pagar campañas en Facebook para que se vieran en Irlanda. A un mes del referéndum, Facebook, bajo presión, tuvo que cortar la entrada de publicidad pagada desde el exterior. 

El fenómeno Bannon, del que tanto hemos hablado últimamente, y que casi todos magnificamos un poco, resulta también paradójico. En cierto sentido, el caso Bannon resultó víctima de la realidad europea, en primer lugar, porque su oferta de financiar a partidos políticos chocó con las leyes de financiación de cada Estado miembro; en segundo lugar, porque su propuesta de crear un paraguas que agrupara a todos los partidos acabó por encontrarse con el nacionalismo de fuerzas políticas como la de Marine Le Pen, quien se apresuró a dejar claro que ella no necesitaba que ningún estadounidense le dijera lo que tiene que hacer. 

Esta nueva realidad ha hecho evolucionar el papel de las plataformas tecnológicas, sobre todo a nivel institucional. La UE se ha esforzado por intentar responsabilizarlas del contenido que se comparte en sus redes. Hasta hace poco tratábamos a las redes sociales como un espacio público en el que debatimos, sin ser conscientes de que se trata de un espacio que se rige por intereses privados, pues son propiedad de empresas con ánimo de lucro que durante mucho tiempo se han escudado en la idea de ser meros transmisores para no responsabilizarse de lo que se publica en sus plataformas. Ahora han asumido una nueva conciencia del problema, al menos como un asunto reputacional. 

Sin embargo, hemos creado un problema en paralelo: estamos nombrando a estas plataformas tecnológicas guardianas del contenido, las estamos animando a una cierta privatización de la censura. Estamos hablando de empresas privadas que van a decidir qué pueden ver sus usuarios. El historiador Yual Noah Harari se pregunta qué es la verdad y él mismo ironiza al dar una respuesta: «Es el primer resultado que nos sale en una búsqueda de Google». Nos estamos centrando en el control del contenido cuando el verdadero problema es el algoritmo y la capacidad de expansión que tienen estos contenidos dañinos. El discurso de odio ha existido siempre, lo que ha cambiado es su capacidad real de penetración.